Yunques
Diciembre 11, 2021
Sentí hoy que cada país tiene lo que merece.
Rodeado de gente, escuchando música en vivo, las caras de felicidad colmaban el ambiente. Aunque mi incapacidad por disfrutar se centraba en el hombre de piel oscura, sin camisa, con evidentes señales de encontrarse bajo el efecto de alguna sustancia, evitando personas y recogiendo latas del suelo para arrojarlas en su bolsa negra.
El concepto gigantesco que asocia la felicidad a la ignorancia se vuelve latente. Al mismo tiempo, no puedo parar de pensar en las drogas como un problema de salud pública. La desigualdad está allí, frente a mi. Atado de brazos, no consigo resolverla. Carezco de fuerzas, soy diminuto en un mar de brea manchado por problemas. Y así vuelvo, vuelvo a que cada país tiene lo que merece. Quizás esto sea simplificar la historia, pero tal vez no. El tren de pensamientos no detiene, sólo me aisla. Me derrumba.
Con quién debo hablar? Me pregunto. Cada uno tiene sus traumas; cada uno esconde su dolor. No sé si estoy solo en esto, aunque me empeño en creerlo. Así es el humano. Y ahí permanezco, incapaz de desconectar la mente. Esclavo, preso.
Aún recuerdo cuando llegué a Brasil por primera vez. Todo parecía maravilloso, a pesar de que los defectos no eran transparentes. Yo era más tolerante, menos intenso. Cargaba menos yunques.
Hoy no pertenezco, sigo creando momentos que me permitan reconocer: Quién soy? En qué me estoy convirtiendo? Dónde voy a terminar? Acaso quiero que el resto de mi vida sea así?
No sé.
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